Es por la mañana. De un palacio que data del siglo XV, situado en una capital autonómica, (hace unos años se hubiera dicho en una capital de provincias) y después de asistir a un matutino oficio de la santa misa, desciende por la bella escalinata de piedra un señor, joven, elegante, con una incipiente calva. Atraviesa el patio interior y a pie de coche blindado le reciben varios escoltas, se sienta en el asiento trasero derecho, mientras delante y atrás se sitúan los coches de seguridad y raudos y veloces, entre callejuelas de centro histórico, los automóviles se dirigen a Madrid.
El elegante joven ojea la prensa, más bien los recortes que sus colaboradores le han preparado para que no se desayune con noticias que puedan alterar su paz interior y después, y tal vez como consecuencia de ello, dormita tras los oscuros cristales.
Repuesto del sopor, recuperada la vitalidad, saca de un bolsillo interior de su americana un teléfono móvil de última generación, recupera un número de la agenda y con voz imperativa indica a su comunicante a que hora estará en el hotel.
El conductor con la vista puesta en la autovía y el oído en la conversación, siempre atento a los deseos del jefe, no precisa más datos, ya sabe a donde se dirigen, acelera, sintoniza la COPE, se escuchan los acalorados comentarios del líder ideológico de la derecha española y de un fogoso director, mientras el honorable pasajero se deleita con los editoriales y noticias del ABC, La Razón y El Mundo, amen de consultar, tiempo hay para todo, un piadoso libro de cabecera que analiza la función del cristianismo en el actual mundo globalizado.
El hotel, de lujo, uno de los más exclusivos de Europa, situado en el corazón de la capital y con habitaciones de hasta 5.000 € la noche, es el habitual de nuestro joven viajero. Es tan clasista, el hotel, que años atrás, seguramente, no hubiera podido traspasar el umbral un personaje, por ejemplo, como Charlton Heston, no por ser el presidente de la Asociación Nacional del Rifle, si no por ser actor.
Allí le espera un hombre, con nombre de torero de pellizco e hincha del atleti, por más señas y en la habitación hablan de medidas, de paños y sedas, de colores, de chalecos y de fracs, de ceñidores, de Italia y del Vaticano.
Se hace tarde, hay que desplazarse al Km. 0 y entrar a un edificio de siniestro recuerdo; allí espera una vivaracha dama y en un despacho mientras nuestro personaje toma una botella de agua mineral Perrier y madrileña ella, una ración de tortilla de patatas y café con leche, se conversa sobre Ejes y Aves, sobre gestión privada de hospitales públicos, de educación, de conciertos y de separación de sexos, amen de futuro y sucesiones.
Un beso de despedida y a un restaurante de Rosales, hay que hacer patria chica, y en un discreto reservado, rodeado de sotanas y algún clegyman, entre plato y plato se hace camino al andar y se diserta sobre dinero, manifestaciones, la memoria histórica, mártires, beatos y templos y solo al final, con el café en la mesa y la mirada en el reloj, sobre el hambre en el mundo.
No puede salir de Madrid sin visitar un acristalado edificio situado en calle de nombre de ciudad italiana para cumplimentar a un dubitativo e indeciso señor con el que habla de habanos y fútbol, de habanos y toros, peras y manzanas, de espías y espiados, de CONTROL, del Superagente 86 y la Agente 99, de “a mal tiempo, buena cara”, “bienvenido mal, si vienes solo”, “no hay mal que cien años dure” y “zapatero a tus zapatos”, entre risas por la alianza de las civilizaciones.
Un abrazo, un hasta siempre y cuando las luces empiezan a iluminar el anochecer madrileño, otro intelectual de referencia para algunos sectores de la derecha y director de La Linterna alumbra la mente de nuestro personaje de regreso a casa mientras reflexiona tranquilamente en el coche sobre lo fructífera que ha resultado la jornada. Es ahora El Tirachinas quien lo distrae con un comentario sobre si Villa se irá a la Villa o al Principado, pensando para sus adentros que lo primero bien, pero antes alemán que catalán.
Es de madrugada ya, el viaje ha llegado a su fin, desciende del coche, se santigua y da gracias a Dios por haber retornado sano y salvo al seno del hogar.
También ha terminado este relato y a bien seguro que el lector en su sagacidad habrá puesto nombre y apellidos al viajero, a la dama, al vacilante señor, al de las telas, a los comentaristas e incluso al que viste sotana, e igualmente habrá situado al hotel, el hasta ayer infausto edificio, el restaurante, el acristalado edificio y como no el palacio de donde parte esta narración.
Despedida. Y cierre.
Hace 12 años
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